Diego Trelles: Bolaño y escritura

Entrevisté a Diego Trelles (Lima, 1977) vía correo electrónico. En sí la primera parte de la entrevista la publiqué en www.sobrelibros.cl, sin embargo para no extenderla tanto decidí publicar la segunda parte en este blog, dejando como tema central la figura e importancia de Roberto Bolaño en su escritura.
Diego, me llama la atención la aparición de la poesía chilena en tu novela ¿Bolaño te invita o la poesía chilena goza de prestigio?
No entro a la poesía chilena por Bolaño aunque él me hizo volver a revisar a autores clave como Nicanor Parra o Enrique Lihn. La poesía chilena es asombrosa, vitalísima, y goza de un prestigio absoluto. Me gusta mucho Rodrigo Lira, Gonzalo Rojas, Raúl Zurita, Jorge Teiller, más allá de las adhesiones o rencores que puedan existir entre poetas, cosa que ocurre en todos lados. Sin embargo, creo que Nicanor Parra es el poeta chileno y, acaso, junto a César Vallejo, la voz más innovadora, radical, necesaria como respuesta a la vanguardia europea, de la poesía en Latinoamérica.
La crítica ha hablado de parricidio con Bolaño, tomo distancia de esa afirmación y prefiero quedarme con un sabor, con un dejo de reescritura e intertextualidad explícita y bien lograda ¿qué es peor o mejor matar al padre u homenajearlo escribiendo encima de sus textos?
La idea de pensar mi novela como un palimpsesto de otra muy cercana y admirada es interesante. La intertextualidad, entendida como un juego que involucre a un lector activo y que lo lleve a otros textos y referencias, desde luego, está presente. En mi libro, sin embargo, no sólo resuenan los ecos de Bolaño, sino, también, de escritores que encuentro cercanos y he leído con fruición como Piglia, Monterroso, Ibargüengoitia, Arlt, Pitol, Nabokov y, claro, Borges y Cervantes. El libro, por otra parte, está dedicado a Bolaño no sólo por lo vital que fue su obra para mí durante una época en la que, como escritor, me sentía huérfano, sino, sobre todo, porque unos meses antes de su muerte, a través de una carta, me dio el consejo que todo escritor joven espera recibir de quien imagina o anhela o nombra en silencio su maestro.
Personalmente me gusta mucho el cuento de Bolaño, sus temas como el porno (“Prefiguraciones de Lalo Cura”) y la poesía (“Encuentro con Lihn”), sin embargo el que más me agrada es “Sensini”, porque logra extraer una historia de algo tan cotidiano para el escritor como lo es la subsistencia el sostenerse en pie día a día, algo que a Bolaño le interesó demasiado, de hecho, pasa a la narrativa buscando un mejor pasar para su hijo. Algunas preguntas: ¿Qué cuento te gusta de Bolaño? ¿por qué?
De los que nombras, me quedo con Sensini, que es un cuento que siempre he relacionado con la literatura de los valientes hambrientos, de los escritores sobrevivientes que prefieren el exilio a la prebenda oficial y viven retando al fracaso, al deterioro físico y a la locura sin ceder un ápice en su vocación literaria. La vida de Antonio Di Benedetto—escritor argentino, hoy de culto—que inspira el personaje de Sensini, fue terrible y acabó tristemente. En Madrid, como Bolaño desde Girona, sobrevivía de esos concursos provincianos de cuento y novela. Es curioso, los dos primeros cuentos de Llamadas telefónicas (junto a Sensini, Henri Simon Leprince), a diferencia de novelas como Estrella distante o La literatura nazi en América en donde se reflexiona con cinismo sobre la figura del escritor fascista o mesiánico o tramposo o asesino —es decir, sobre las conexiones entre la escritura y el mal—, están protagonizados por escritores fracasados pero persistentes y, más allá de una vida miserable, buenos.
Además de Sensini, por la forma, cercana a The Killers, un cuento magistral de Hemingway, me gusta mucho Detectives. Mis otros dos favoritos pertenecen a Putas asesinas: El ojo Silva (cuento conmovedor por donde se le mire; relato que habla de la homofobia de la vieja izquierda con tanta firmeza) y Ultimos atardeceres en la tierra.
¿Cuál es tu relación con el concurso literario como búsqueda de validación y/o manera para subsistir?
Ninguna. De adolescente obtuve algunas menciones en Perú y nada más. En mi país no hay concurso nacional de nada y, cuando hay, duran dos o tres ediciones. Los gobiernos de turno tratan a la cultura como al perro sarnoso que duerme en la puerta. Lo más cercano es un premio de novela corta que auspicia una entidad oficial. El Apra acaba de despedir al director de la Oficina Editorial del Congreso que había hecho una labor interesante durante el gobierno de Toledo y amenazan con evaporar esa oficina. Yo salí de mi país convencido de que no publicaría más en él, aunque mis libros inéditos erigieran una ruma desordenada en mi habitación.
Bolaño asumía la escritura como un doble tránsito entre lo oscuro y la claridad que le daban quienes estaban a su lado ¿cómo asumes la escritura? ¿es tan frágil, como para que un crítico la desestabilice como en tu novela?
La escritura puede propiciar una vida dolorosa. Que mi frase pueda sonar a cliché no me importa mucho. Pienso en Artaud, Céline u Onetti y, con temor, entiendo que ellos vivieron la literatura hasta las consecuencias más funestas: la locura, el destierro y el aislamiento, respectivamente. Mi admiración por la obra de estos tres grandes es absoluta pero no envidio el final de sus días. En todo caso, sería incapaz de decir que escribo para que me quieran más mis amigos. De hecho, desde que escribo, tengo menos. Esas frases demagógicas son un ejemplo de lo que no me interesa para nada en la escritura.
García Ordóñez no es, precisamente, un crítico y su asesinato, aunque real, se podría entender desde una dimensión simbólica. Siempre lo pensé como el alegre depositario de todos los horrores que, en nombre de la literatura, se permiten dentro de los círculos culturales. García Ordóñez, como el personaje de El Cid del que toma el nombre, es tramposo, arribista y un cobarde con poder. No tengo nada contra los críticos. De hecho, me parece que es un arte que requiere de mucha sensibilidad. Los García Ordóñez existen en todos los países. Llamarlos críticos sería premiar su informalidad.
¿Cómo vives tú con tu doble militancia académica investigativa y literaria creativa?
Nunca he sentido ese dilema aunque, ciertamente, existe. Te lo pongo en orden de prioridad personal: primero y segundo, soy escritor y si pudiera vivir de escribir, lo haría con lágrimas y cánticos de alborozo. Tercero, me siento un cineasta (aún sin película) que admira a los escritores-cineastas como Paul Auster y que, probablemente, nunca podría hacer una película por encargo o cuyo guión no haya escrito yo mismo. Finalmente, soy un estudiante de doctorado de literatura que siente un respeto inmenso por la labor crítica y lee e investiga pero tiene muy claro cuál es su verdadera vocación.
¿Dónde te gustaría estar?
En una discoteca ochentera en Lima, bailando Joy Division con mis amigos y bebiendo. O, bien, viendo a la selección peruana en un Mundial de Fútbol. Ese es mi sueño verdadero.
¿Hacia dónde se dirige tu escritura?
Sé hacia donde espero que no se dirija: hacia la publicación obligada por una exigencia comercial o por una verdadera estrechez económica; hacia la repetición que es siempre sinónimo de aburrimiento y que, con muchísima justicia, ahuyenta lectores; hacia lo extra literario: esa vena marketera tan bien explotada por esos escritores-publicistas que sacan pecho porque una revista gringa dice que son latinoamericanos influyentes.
Escrituras, autores, cine y otros temas se presentaron en estos diálogos que abrimos en agosto y que publique en www.sobrelibros.cl y acá. Es difícil hacerlo vía correo electrónico, ya que quedan muchas preguntas en el tintero, pero a la vez es interesante porque permite digerir mejor el diálogo. Espero retomar esta entrevista en algún encuentro in situ con el Trelles en algunos años más, para tomar distancia de lo conversado en estas semanas. Por ahora, lo dejo presentado y ojalá caiga en las manos del lector algún trabajo del autor.

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