Cuentos: Los hoyitos

Al lado de acá
1
—I used to love an Italian girl... and now I love an Chilean girl.
Con un pucho entre los labios me vi, cuando divisé a la señora P. López que cruzaba la calle y se acercaba presta para posarse en el umbral de la puerta de la pensión. Decía que alguien por allí se la había recomendado, que estaba cerca, detrás del terminal de buses en la Estación Central, a una cuadra por la calle lateral, o algo así. La señora P. López no tenía mucha elección y aceptó el dato prestado. Como ya dije, avanzó directo hacia el caserón que hacía las veces de pensión, siguiendo paso a paso la dirección que le habían dado, supongo. Me asomé, cuando el número que buscaba calzó se detuvo frente a este, avanzó un paso y con cautela golpeó la puerta. Nadie salió. Retrocedió, miró la fachada, se acercó nuevamente para volver a insistir. Nadie.
—¡Llaman a la puerta!
Grité a doña Getru. Así, al momento en que la señora P. López iba por el tercer golpe, de repente se abrió la puerta.
—Sentía un ruido pero nunca pensé que a esta hora…
—...
Era doña Gertrudis que salió a recibirla.
—Pero pase.
Ambas pasaron y la dueña de la pensión solo se preocupó de pedirle que pagara por adelantado, nada de datos ni recomendaciones. La señora P. López tampoco hizo otra cosa más que pagar, no estaba el ánimo para regateos, aunque doña Gertrudis no los hubiera aceptado. Hablando y hablando sin recibir respuesta, la dueña de casa llevó a la pensionista hasta la habitación que le asignaría, la cual quedaba en el segundo piso junto a la mía.
—Bueno, esto es lo que hay no más, si le gusta se lo queda.
Acogedora doña Gertru. Mientras, la señora P. López quedó sola en el cuarto después del portazo que la dueña de casa dio. La señora P. López no avanzó, desde su posición hizo un leve giro panorámico por el espacio que ocuparía, nada que decir. A paso lento se dirigió a la cama que estaba junto a una pared algo fría y enmohecida. Cada movimiento que hacía provocaba el instantáneo crujir de las tablas de un piso añejo con algo de historia a cuestas. Dejó su maleta a un lado, y se sentó en medio del crujir de tablas y la sonajera de resortes del somier de la cama, quedándose un buen rato quieta sin posar su mirada en un punto fijo, aunque tampoco había mucho donde hacerlo, solo la imagen de un Ben Afleck desconocido para ella pegado en la pared que estaba hacia mi habitación; una pequeña foto de “La sagrada familia”, hacia la otra habitación y por último la ventana. Sentada pensaba, quizá en que ya no tenía que hacer las labores rutinarias de cada día, pudiéndose afirmar que era libre, bien, pero sin nada que hacer, mal, porque no estaba acostumbrada. Se podría decir que en ese momento ningún pensamiento se cruzaba por su cabeza. Se podría decir que había un vacío... Sin embargo, es difícil afirmarlo, es posible que no olvidara el momento en que Humberto le levantaba la mano por primera vez en 35 años. Por primera vez. Eso la había atormentado y roto todo lo que ella se esmeró en construir lavando, planchando y cocinando. Tanto fue, que provocó su salida de inmediato de la casa que por años habitó, cuidó y mantuvo con su presencia.
—¡Basta!
De mañana, sin que su esposo ni hijos supieran, ordenó sus maletas y emprendió el rumbo que la llevaría a esta pensión. Era obvio que en algo debía estar pensando la señora P. López, una señora como ella no llega a una pensión como esta. Si pensaba o no da lo mismo, pero ella estaba quieta y de eso doy fe.
—¿Señora, va a comer algo? Le pregunto porque en esta casa me gusta el orden y para tener orden debo saber lo que hacen o no hacen mis pensionistas para que yo pueda saber con cuánta comida debo contar para hacer y no quedarme acachá con todo. El lunes no más me pasó...
Silente se paró, avanzó hasta la puerta, la abrió y negó con la cabeza. Doña Gertrudis hizo atisbo de insistir, pero la cara desierta de expresión de la señora P. López no la instó a continuar con el discurso. La puerta se cerró y la señora P. López volvió a su lugar. Silencio. Solo a lo lejos se perdía el barullo que brotaba de la movediza doña Gertrudis. Pero en el cuarto, el mutismo y la señora P. López eran uno. Evasión dispersa en medio de un espacio ajeno a ella.
Pasó el tiempo, el de ese día. Después de ese lapso la señora P. López solo atinó a levantarse y correr las transparentes cortinas harineras que dejaban entrar las luces de los buses que iniciaban los viajes de rutina o volvían de la misma, cargados de personajes anónimos a una ciudad lúgubre que los cobijaría. Una frazada era la solución, pero el frío... tal vez Doña Gertrudis, pero significaba hablarle. La frazada. Terminado el trámite, se desvistió, mostró su caído cuerpo, se colocó el piyama y se acostó lentamente al ritmo cadencioso de un caracol baboso que intentaba buscar regazo. Nadie la apuraba. La luz apagada, ella al medio de esa ajena oscuridad que en ocasiones desaparecía gracias a fugaces destellos que se colaban por entre la cortina. La señora P. López estaba muda y vigilante, mientras le daba y le daba vueltas a su asunto, pero sin soluciones ni decisiones... los ojos abiertos.
Al lado de acá, el silencio.
2
Al otro lado.
Mira chicoco, la cosa está clara como el agua, toca lo que quieras, besa lo que quieras y mete la lengua donde se te dé la gana, pero ojo, mis tetas y mi culo por nada del mundo, si algo quiero mantener son mis tetas, si las quieres, gánatelas ¿el culo? ni cagando ¿oíste pendejo? Maribel —así se hacía llamar—, preparaba el terreno de su trabajo, dejando en claro todas las reglas del juego en la mesa o si se prefiere en la cama. Quisquillosa como ella sola, lograba imponer sus términos a cabalidad. Era famosa entre las del terminal y los que allí llegaban lo sabían y bien pagaban por eso, mal que mal, dicen, si la carne es buena, se paga: Uf, uf, uf... sí, sí, sí... dame más chicoco, dame más... no, con mis tetas no... pero si dijiste... dije que te las ganaras y poco estai haciendo para ganártelas... pero si me dices que sí... decir no cuesta nada y además, ya la cagaste... ¿y?... ¿y qué?... qué va... que te vas... no me jodas así, un poquitito más... y que te jodo no más así, acaso crees que solo ustedes joden y no me vengas con pendejadas ni pataleos.... ¿así no más?... así no más y ya, vamos saliendo que a lo mejor vendrá otro mejor que salve la noche... me las vas a pagar... con qué, con eso que tienes ahí, muérete... puta... eso soy y lo digo, pero anda si salgo a gritar a los del terminal que no te la puedes con Maribel... atrévete putaconchetumare... hazlo y lo hago. Portazo. La Maribel apaga su cigarro y luego sonríe. Toma su celular y marca a su cabrona para que le mande a otro en unos quince minutos.
3
Al lado de acá, mientras escuchaba que al otro lado llegaba otro cliente, el sueño comenzó a ganarle a la señora P. López, sin embargo, el ritmo de los resortes y los gemidos impuestos desde ese otro lado se confundieron con el dormir de ella al lado de acá. A ratos dormía, y bien. A ratos se despertaba con los ruidos y mal. A ratos el dormir y el ruido se hacían uno amalgamándose en una rara hibridación de adversas atmósferas de cada habitación. De pronto, despertó la señora P. López y nada escuchó. La casa en silencio y por ende su habitación también, pero no pudo retomar el sueño. En su cabeza aún sentía los resortes trabajar y sus ojos no volvieron a pegarse. Eran las 5 o quizá las 6 de la mañana, pero el sueño no volvió, las imágenes y los ruidos se cruzaban uno tras otro por la agitada cabeza de la señora P. López. Recostada e inquieta en su cama mejor optó por levantarse de inmediato. Tomó sus utensilios de baño y se dirigió a este. Encendió el calefón y se metió a la ducha. Al instante se debe haber percatado de las figuras sicodélicas que dibujaban los hongos en las paredes y un piso lúgubre que la hacía dudar sobre si bañarse o no, pero el agua estaba como le gustaba, mal que mal, la ley de las compensaciones pesan cuando algo bueno se obtiene. La señora P. López dejaba caer el fuerte chorro de agua en su cara, al instante en que se jabonaba y tocaba su cuerpo como si realmente olvidara todo lo que había pasado, quizá pensando en lo que podría venir, ¿quién sabe? Sumergida en un chorro de agua sintió abrir la puerta, por lo que abruptamente se salió de este. Claramente escuchó una voz desconocida cantar.
—Soltáte con Wellapon soltáte, soltá tu pelo con Wellapon...
La señora P. López se asomó a una orilla de la cortina y vio a un hombre se aprestaba para afeitarse. Yo.
—SALGA SEÑOR NO VE QUE EL BAÑO ESTÁ OCUPADO.
—Ah, usted debe ser la señora que llegó ayer, mucho gusto en conocerla.
—No se acerque degenerado.
Intenté acercarme para saludarla cordialmente y aprovechar de darle la bienvenida, pero la señora P. López tomó rauda distancia, sintiéndose como si la fuese a atacar un depravado.
—Perdón, me presento, soy Bustamante, el inquilino más antiguo aquí en la pensión, a toda honra, por lo que me da orgullo tener el agrado de darle la bienvenida.
—Bien, señor Bustamante, pero salga de inmediato.
—Veo que trae champú ¿le molestaría darme un poco? es que no he tenido plata para comprarme uno y no me lo lavo hace días.
—Me da lo mismo si se lava o no se lava, el asunto es que quiero que salga de inmediato.
—Disculpe, lo que pasa que acá estamos acostumbrados a esto, claro, con una cuota de respeto.
—Pero yo no, así que le exijo que se vaya.
—Lo siento, yo pago por estar acá y me quedo.
—No puede ser
—¿Me va a prestar?
—¿Qué?
—¿Champú?
La señora P. López realmente no sabía qué hacer en ese momento. Cortó la llave y se quedó durante unos dos a tres minutos enrollada en la toalla, al tiempo que me afeitaba sin preocuparme en el más mínimo de los requerimientos y quejas de la señora P. López que estaba aún en la ducha. En realidad se notaba molesta.
—¿Se va a quedar parada todo el día ahí?
—No, pero por lo menos podría tener la educación para salir un rato mientras yo me visto.
—Señora, estoy super apurado, tanto como usted, no voy a elegir el baño para venir a acosarla... mire, voy a echar una cagaíta, me siento y cierro los ojos para que usted salga tranquila y dignamente.
—Se va a sentar a...
—No lo puedo hacer parado.
—¡Pero estando yo acá!
—Debo ganar tiempo.
—¿Y lo va a hacer no más?
—Pero si eso dije.
—...
—¿Lo toma o lo deja?
Consternada —la miraba de reojo— observaba cómo me bajaba los pantalones —en ese momento se escondió tras la cortina— y cómo los olores típicos de cada ser humana afloraban uno tras otro.
—Soy sumamente rápido, si no sale no le voy a dar otra posibilidad, además también debo bañarme ¡Doña Gertru!
—Para qué la llama.
—Usted no me deja otra opción, estoy dando garantías y alternativas para que usted salga correctamente sin que la vea.
Sin otra cosa que hacer la señora P. López se alistó para salir, mientras yo seguía encogido con la cabeza entre las piernas para no mirar a la señora P. López, mal que mal soy un caballero. Las cosas a su tiempo.
—Yo no sabía de estas reglas.
La señora P. López avanzaba lenta pero agitadamente hacia la puerta cuando de un momento a otro ingresa doña Gertrudis.
—Qué es lo que pasa Bustamante que das tanto grito a estas horas de la mañana. Debes haber despertado a medio mundo con tus gritos y qué haces así, acaso te quieres olorosar...
—No quiero mirar a la señora que no quiere que la mire. No sabe que debemos compartir el baño. Que es de todos.
—Yo no sabía.
—Pero Bustamante, no puedes acaso ser gentil y paciente con la señora y explicarle las cosas como son.
—Y eso hago, soy gentil y por eso estoy así para no mirarla y no incomodarla más de lo que está.
—Ve señora, si Bustamante no es tan malo como se ve.
—No digo eso.
—Y entonces para qué tanto grito.
—Él lo hizo.
—Pero usted se incomodó y no me deja ocupar tranquil...
—¡Ya basta de discusiones, usted terminó?
—Sí.
—Salga.
—¿Y tú?
—Casi, me limpio y me baño.
—Ya, y usted señora vaya que le prepararé desayuno.
—No tengo dinero.
—Hoy invita la casa.
—¿Y yo?
—Tú pagas lo mismo.
Las dos mujeres salieron juntas del baño, mientras que yo me quedé adentro terminando con lo mío y pensando en lo mañosa, pero agradable que era la señora P. López.
— Yo amaba a una chica italiana... Ahora amo a una chica chilena.
Supongo que ella, aún confundida, fue hacia su cuarto y se vistió. Creo que no sabía muy bien lo que había pasado, pero victimizada no estaba.
Hago notar que no me dio champú.
4
El mal rato supuestamente se solucionó. La señora P. López estuvo todo el día en su habitación haciendo nada —al igual que yo—, quizá pensando y esperando que llegara la noche para escuchar a la Maribel con sus clientes, como yo a que pasara cualquier estupidez. No la culpo, llama la atención, y más en una persona en una habitación sin distracciones. Con esto aprendí a convivir, escuchar y mirar son pasiones y distracciones que no van al caso describir, pero cuando yo tenía esa habitación, primero, escuchar a la Maribel era pan de cada día, escuchar ese bien, bien, bien o el sí, sí, sí, dame más, más, más con su rasposa pero penetrante voz de fémina sedienta, me calentaba a ultranza hasta masturbarme tres o cuatro veces por noche o por día. Luego la atracción por escuchar la cambié —la del onanismo ya se esfumó— por la de mirar, para lo cual hice un hoyito en la pared y me di cuenta de que lo de Maribel era mejor de lo que pensaba y escuchaba. En vivo y en directo era y es otra cosa. Una maestra, aunque ese nominativo es poco, ya que es una verdadera artista. Sin dudas que la felación sin manos es una de sus preferidas y mejor logradas, lo digo yo, debido a la simpleza de la Maribel y la calentura que muestra su cara, sumadas a sus ojos, su contorsión del cuerpo... uhhh, creo que sin lugar a dudas ella es una de la mejores, de best. Se podría decir que verdaderamente hace sentir al cliente satisfecho como si realmente estuviera haciendo su trabajo a la perfección o sin ir más lejos lo deja como hombre, que para algunos basta. Maribel es conocida por sus especialidades. Una de las que más le piden es la lluvia dorada, o la Gang-Bang por la que cobra lo que vale y que pocos pagan o se atreven a llevarla a cabo. En ocasiones, lo de sus tetas le impide cumplir los sueños de algunos clientes que piden por favor pajas rusas o cubanas —o tit-fucking como le dicen en inglés—, pero pienso que la negación de la Maribel bien está, porque esto amerita unas tetas grandes y ella no las tiene —lo que no es defecto—, sería grotesco, ella es dama. Otra especialidad es el beso negro, para lo cual ella lo cuida espolvoreándolo con talco para que el cliente no tenga asco. Lo mejor es que ella domina y generalmente logra manejar la situación, como gran patrona, pero sin que esto merme la posibilidad de dejar gratamente contentos a todos sus clientes, lo que sin lugar a dudas logra con creces.
5
La señora P. López volvió a su habitación, se sentó primero en su cama, tomó un bolso, lo abrió y sacó una libreta pequeña. Anotó algo que desconozco, solo pude ver que anotó algo. Fue poco, porque de inmediato lo guardó. El detalle creo que es importante ya que desde que la observé siempre anotaba cosas. Nunca quise entrar a su cuarto para saber, si soy mirón es de voyerista nada más, miro de lejos no más, pero intruso no. No confundir las cosas. En fin, vaya a saber uno por qué y qué anotaba. Esa noche lo de la Maribel volvió a suceder y así la otra y otra más. Ya en la sexta y después de un largo silencio se notaba que la Maribel estaba sola. Comenzó a llamar a la señora P. López:
—Hola.
—...
—Hola
—...
—Usted es la vecina nueva.
—¿Perdón?
—Me presento, soy Maribel.
En un principio reacia, luego logró contestar y entrar al juego.
—¿Hago mucho ruido?
—Algo, pero me acostumbro.
Creo que la señora P. López no entendía para nada la situación, pero poco a poco se acercaba más a la pared para escuchar lo que sigilosamente le susurraba la Maribel desde el otro lado. La conversación de tanteo y conocimiento mutuo prosiguió durante unos minutos hasta que la Maribel pidió una tregua.
—Lo siento, el trabajo es el trabajo.
Por el contrario de lo que se pueda pensar, la señora P. López se quedó en la misma posición, con la oreja hacia la pared, una señora picarona, correcta, pero cochinona como todos. Sorprendido quedé cuando después de un rato se recostó y vi movimientos sospechosos bajo sus frazadas. No lo sé, pero algo raro hacía. A pesar de eso y aunque no lo crean, preferí salir de mi posición, soy mirón, pero no sé qué fue lo que en ese instante me dio pudor. A los cinco o diez minutos volví a mirar pero ya dormía, a lo mejor se había ido en el sueño ligero y rico para pasar la velada.
—Dulces sueños señora.
6
—Maribel
—...
—Maribel
—...
A lo lejos escuchaba unos llamados casi imperceptibles. Era la señora P. López que llamaba a la Maribel. Después de unos minutos de insistencia y yo de tormentoso despertar, me incliné para ver la hora —las nueve de la mañana— y fui hacia el orificio: La señora P. López trataba de hablar muy despacio cerca de la pared para comunicarse con la Maribel que no respondía.
—¿Señora P. López es usted?
Era Doña Gertrudis que respondía al otro lado. La señora P. López se incorporó rápidamente, muy asustada y avergonzada sin saber qué hacer. Se acomodó en la cama como esperando que Doña Gertru entrara de un momento a otro a la habitación sin que ello sucediera.
—¿Esta niñita le metió mucha bulla anoche?
—No, no, no... no se preocupe.
Y en realidad no se preocupaba, porque era lo típico que decía doña Gertrudis cuando los habitantes de la pensión le reclamaban por la Maribel. Siempre decía que la echaría, que la sancionaría. Pero la verdad, nunca la recriminada, mal que mal, la Maribel sabía que con unos billetes sueltos, anexos al arriendo, todo quedaba ahí, pero estas palabras de doña Gertru calmaban a los habitantes, aunque en este caso no porque a la señora P. López realmente no le importaba la sanción a la Maribel, solo quería que doña Gertru no entrara y que llegara luego la Maribel. La verdad es que desconozco el motivo por la preocupación y obsesión de la señora P. López para con la Maribel.
7
Miraba al techo, con un caño entre mis manos pensaba en cualquier cosa, ni siquiera cantaba, cuando escuché voces al otro lado.
—Maribel.... Maribel.
—¿Sí?
—Salió temprano hoy.
—No, salí anoche con el último cliente y no volví... estoy chata, reventada ¿le sucede algo? ¿no pudo dormir?
—No, pero por otros motivos que le contaría en otra oc...
—Qué bueno porque ahora estoy aut.
Ese fue el último intercambio de palabras. La señora P. López se quedó como esperando respuesta, pero la Maribel no respondió más. Hubo un largo rato de silencio. Al incorporarme nuevamente vi que la señora P. López, la que estaba expectante ante cualquier indicio de despertar por parte de la Maribel. Pasaron diez minutos. Treinta. Fui al baño. Volví y aún seguía ahí.
Fueron varias tardes y noches en las que la señora P. López se quedaba como esperando algo de la Maribel.
—Señora.
—Hola, no habías estado.
—Me tocó salir... oiga.
—¿Qué?
—Acérquese aquí.
Rompiendo el trato de silencio que tenía conmigo la Maribel la llamaba para que se acercase a su hoyito. La señora P. López se asomó y asombró.
8
Siempre he pensado que es más efectiva una cámara, pero la nostalgia del hoyito y no tener plata para colocarla me lo impide. Por eso me quedé con él y le di un nombre más ostentoso: SEA, sistema de espionaje artesanal. Era preciso y digno para poder llevar a cabo mi plan de fisgar y entrometerme en los detalles de las vidas que no se dejan mostrar. Esto debido a que siempre he pensado que a todos nos gustaría que nos miraran, aunque la mayoría de las veces cuando se trate de nuestros triunfos, que como son pocos, preferimos que no nos miren. Pero mirar es bueno, mirar a escondidas es poner atención en el detalle que los otros te esconden. Digamos que es hacer justicias a ese egoísmo que impide mostrar a los otros eso que se esconde con tanto recelo. Si pudiera mostrar lo mío, lo haría, solo que a quién puede interesarle. No crean que son palabras al aire. Yo era el vecino de cuarto de la Maribel y durante harto tiempo me dediqué a mirar su accionar rutinario. Llegué a conocerla tanto que me sentí colapsado. De hecho, el estar al tanto de sus movimientos me ha llevado incluso a sacarla de apuros, como cuando un tipo quería irse en su cara y ella no quiso, al estar yo al tanto de la situación me dirigí a su cuarto y lo saqué a patadas y palos. Pero aparte, la Maribel me pagó bien. Con el tiempo, cuando ella supo del SEA se entusiasmó hasta el extremo de querer vigilarme, petición a la que accedí, pero no fue tan divertido como esperábamos, tanto para ella como para mí que perdí el ansia y el temor ante la posibilidad de ser reconocido. Nos mirábamos, pero sabíamos que el otro lo hacía también, por lo que al final de cuentas terminamos escondiéndonos cosas. Por eso pienso que para ser mirón se debe serlo desde la clandestinidad misma para poder realmente fisgar a los demás en su pequeña realidad. Oculto, desde el anonimato, sin que los otros sepan que los vemos. Por eso decidimos con la Maribel que me cambiaría de cuarto para que los dos pudiéramos mirar a otros. La señora P. López no es la primera persona, han pasado Versalovic, el croata que llegó arrancando de la guerra, pero no soportó la distancia, y Godofredo que era el hermano de doña Gertru al que tuvimos que decir la verdad porque no queríamos problemas con la jefa del lugar, aunque cuando supo quiso entrar al juego, sin que lo dejáramos porque la Maribel clausuró el SEA. Ellos pasaron sin pena ni gloria, como muchos en la vida, pero la señora P. López algo tenía que nos atraía a mí y Maribel. El juego se abrió cuando la Maribel le comentó que había un pequeño orificio que unía los dos cuartos. Al comienzo se espantó, pero Maribel le comentó que las dos estaban en igualdad de condiciones, ambas podían mirar. Recuerdo esa tarde en que le contó. Observé a la señora P. López durante horas sin que se atreviera a mirar, hasta que en la noche al llegar el primer cliente se tentó y cayó. Tenía que mirar el trabajo de Maribel. Al ver las primeras imágenes se espantó y retrocedió de inmediato, sin embargo ante los gritos desenfrenados de la Maribel volvió a la carga. Se quedó un buen rato contemplando el cuadro plástico. Usó el SEA a su antojo. Su gran culo daba de frente al mío. Desde ese instante la señora P. López utilizó el SEA las veces que pudo. Se volvió adicta. Era un gran invento, dirán que es precario, pero útil. Su obsesión llegó al extremo de vigilar día y noche los movimientos de la Maribel. Incluso, varias veces culminaba tocándose lentamente debido a los hechos que pasaban en el otro cuarto. Yo miraba no más. Ella, seguía. Y en uno de esos vaivenes voyeristas el amor me bajó y una noche mientras ella hacía lo suyo, abrí la puerta, en medio de los gritos de Maribel que iban en aumento.
—Pero qué se cree usted que entra de esta forma a mi habitación.
En silencio me acerqué y los gritos se amplificaron. Lo de la Maribel también. Debía hacerlo, algo me decía que debía hacerlo...
—(...Think about it when I'm in bed... you know what it is? it's..)
Al otro lado
Trabajaba esa noche, suponía que me miraba y atiné después de reponerme a preguntar por los sollozos que venían del otro lado de la pared... me acomodé y miré por el agujerito y ahí estaban los dos como dos tortolitos, solo que ella sollozaba sin razón concreta o aparente.
—Pero picarón, te las traías.
—No molestes Maribel que es algo íntimo.
El cínico de Bustamante me guiñaba el ojo para que le siguiera el juego. Claro, después del juego que ya había jugado.
—Pero señora, usted se las traía también.
—Por favor, que nadie escuchó mis gritos.
—Señora, en esta casa somos discretos, no nos metemos en las cosas de los demás y si lo hacemos, respetamos las opciones, estamos bastante grandes para andar juzgando lo que hacen los demás ¿no cree? pero si se ven tan lindos.
—Por favor, llame a alguien.
—Amor, no te quejes, esto debía ser así... necesitas que alguien te comprenda y yo puedo hacerlo, porque te conozco.
—¿Cómo?
—Na, es una historia larga.
—Ayúdeme Maribel por favor
Me suplicaba con pesar la señora P. López, pero como decía Bustamante había que hacerlo. Además, los hubieran visto, se veían tan bien juntos. O sea, mínimo debía estar agradecida, yo creo que su marido no le daba así por años. Mínimo. A veces hay que hacer las cosas aunque no nos gusten y este era un claro caso. Yo por ejemplo tengo mis reglas, que no me toquen las tetas ni el culo de forma exagerada, no soy cualquiera... no se crean que no tengo reglas, pero a la vez, cedo en ocasiones, las reglas están para romperlas, mal que mal están pagando y ante todo soy una profesional de primera línea.
—Maribel... Maribel...
—No la molestes.
—Qué quiere señora.
—Saca a este imbécil de aquí... estoy sangrando...
Me paré, saqué una toalla y fui al cuarto del lado. Golpeé. Nadie abrió, pero desde adentro la señora me pidió que entrara.
—Qué es lo que pasa.
—Mira.
Me mostró sus manos llenas de sangre.
—Eres un picarón duro Bustamante, mira como dejaste a la pobre.
—Se hace lo que se puede.
—Si tuviera clientes como tú a lo mejor lo pasaría bien.
—Cuando quieras.
Con el pago de esa vez no quiero más, aunque si tuviera plata, como decía antes, mal que mal soy una profesional... pero es que Bustamante es un cerdo. En eso comprendo a la señora.
La señora sollozaba, pero sin ganas, creo que se acostumbraba. La intenté secar pero se negó. Tomó la toalla y lo hizo por su cuenta. Los dos acostados y yo sentada a los pies de la cama. Después de 15 minutos ella atinó a pararse. En una primera instancia Bustamante intentó retenerla pero le dije que la dejara. Lentamente la señora se incorporó, me miró de reojo. Fue hacia el mueble en que tenía su ropa que comenzó a sacar para guardar en su bolso. Mientras realizaba el lento proceso me recosté junto a Bustamante.
—Qué hace.
—Parece que se va.
Al terminar de ordenar su bolso la señora P. López se dirigió hacia la puerta.
—Adiós señora.
—Adiós señora P. López, que regrese bien.
—…
Nos quedamos en silencio, nos asomamos hacia la ventana y esperamos a que saliera de la pensión. Y ahí se iba, a paso lento.
—Por donde llegas te vas... igual que el primer día.
—Que bueno, ahora va donde su familia.
—Ojalá sepa agradecer el gesto.
—Picarón
—…
—¿Oye?
—¿Qué?
—Llegará alguien hoy.
—No sé, ya me estoy aburriendo… You know what it is? Heroin, heroin, heroin, hey, hey, hey, heroin...
Luis Valenzuela Prado
Cuento publicado en Lenguas: Dieciocho jóvenes cuentistas chilenos.
Compilador, Carlos Labbé.
Publicado en J C Sáez Editor, diciembre de 2005.
La imagen corresponde a la portada del libro.

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