Cuentos: El ascensor
Sube. Las galerías del centro de Santiago ya no son como las de antes. Dos. Ahora solo en las horas de entrada, almuerzo y salida se nota algo de movimiento. Cuatro. Pero son los de siempre, incluso los cobradores y repartidores de correspondencia. Seis. Don Bartolomé era un gran lector de novelas breves. Siete. Mientras lo hacía unos bajaban y otros subían, pero el no perdía el hilo de lo leído. Abajo, seis. Bueno, salvo al principio cuando no se acostumbraba a la continua interrupción ¿Sube? El jueves no más, terminó de leer San Manuel Bueno y mártir. Nuevamente siete. A Unamuno no lo entendía bien, pero particularmente esta nívola sí que sí, además de haberle gustado mucho. Nueve. Pero la que más le gustaba era La metamorfosis de Kafka que había leído cuatro veces y estaba dispuesto a seguir haciéndolo. Once. El túnel de Sábato lo había leído tres veces; Casa Tomada de Cortázar, tres. Doce. Las babas del diablo, dos —sin entenderlo ni agradarle mucho—; La Tregua, dos; Pedro Páramo, dos; El coronel no tiene quien le escriba, dos; El extranjero. Abajo, al nueve. Algunas simplemente no las terminaba, no estaba para perder el tiempo. Aquí. La otra vez el tipo de la 308 le prestó tres novelas cortas ya que Don Bartolomé le había comentado su preferencia por estas. Para abajo, ocho, siete, seis, cinco, stop. La virgen de los sicarios la consideró demasiado violenta. Cuatro. Mientras que a Estrella distante la consideró un inverosímil e intrascendente relato desligado de toda una tradición narrativa latinoamericana. Tres. Y la Historia breve de la literatura portátil la consideró un mero manual para ratones de biblioteca que no tienen otra cosa mejor que hacer que escribir literatura sobre literatura. Dos, uno. Ayer llegó a sus manos Bartleby. Hoy prefirió no venir a trabajar.
Luis Valenzuela Prado

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